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N 4 - Octubre 2005
[ISSN 1886-2713]
La Lengua  

:::III. Pinceladas gramaticales:::

Grabados del Barranco Tejeleita, en El Hierro

Con los pocos materiales que nos ha legado la Historia, no queda mucho margen para obtener una descripción completa de las antiguas hablas isleñas. Que la lengua matriz siga viva en los innumerables dialectos continentales, ayuda sin duda a comprender los estados y procesos que pudieron darse en el amazighe insular, aunque el estudio de sus peculiaridades presenta siempre un carácter más tentativo. Además, conviene recordar en todo momento que el mayor volumen de referencias remite sólo al período de la conquista y colonización europeas, por lo que no conocemos el recorrido histórico de esas modalidades insulares de la tamazight. Y esto es un asunto muy importante, porque a menudo se tiende a ofrecer una representación homogénea e intemporal de la lengua, la cultura y la sociedad en general. Pero, igual que las personas cambian a lo largo de su vida, también la naturaleza y las comunidades humanas sufren modificaciones más o menos profundas con el paso del tiempo.

Sin embargo, pese a la abundante diversidad dialectal que distingue a esta lengua milenaria, uno de sus atributos más significativos consiste en su notable unidad morfosemántica. Aunque influencias fenicias, griegas, latinas, árabes o romances hayan atravesado también su existencia y dejado huellas –en algún caso– muy considerables, la tamazight presenta una inclinación un tanto conservadora. Ante situaciones o necesidades nuevas, tiende a cargar con más valores a los recursos de los que ya dispone. Una propiedad que, no obstante, facilita esa exploración diacrónica (evolutiva) que demanda el conocimiento de las hablas isleñas.

Desde el punto de vista fonético, uno de los aspectos más difíciles de concretar tiene que ver con las cualidades de ciertas consonantes. Los textos coloniales no seguían entonces normas ortográficas tan estables como las de ahora y sólo pudieron reproducir muchos fonemas isleños por aproximación, ya que sus lenguas respectivas (castellano, francés, etc.) carecían de sonidos idénticos a esos otros amazighes. Aun con el meritorio esfuerzo que realizaron algunos autores de esas fuentes para reflejar las voces con fidelidad, el problema va más allá de si la pronunciación que nos muestran se ajustaba en mayor o menor medida a la realidad. Su verdadera importancia reside en que la lengua amazighe, como sucede por lo general en todo el ámbito afroasiático (o camitosemítico) al que pertenece, deposita el significado de las palabras en una secuencia fija de consonantes (raíz, lexema o semantema). Por tanto, si tenemos en cuenta que las fuentes escritas europeas apenas suministran traducciones de las voces isleñas, resulta fácil comprender cuánto depende el análisis lingüístico de una buena transcripción de esos enunciados. De otro modo, la comparación con los dialectos continentales arroja frutos relativamente precarios.

Calco de un grabado del Barranco Tejeleita, en El Hierro

Tampoco ayuda en ese examen de las antiguas hablas isleñas su rápida extinción. Conocemos este fenómeno casi tan mal como las ejecuciones concretas del amazighe insular, pero sin lugar a dudas cabe señalar un factor determinante de su declive: la presión social. Como no podía ser de otro modo, el régimen colonial expropia a la población nativa la capacidad de controlar los medios y formas de su reproducción social, lo cual restringe también progresivamente sus espacios y recursos de elaboración cultural. Pero, ¿dónde se aprecia mejor ese deterioro de la lengua como vehículo de comunicación popular?

De seguro, esta circunstancia se observa de forma más nítida en dos procesos simultáneos. Por una parte, la relajación de los significados y los géneros de las palabras. Y, de otro lado, el confinamiento de su experiencia en un único registro lingüístico, asociado en líneas generales al mundo agrario. Muy pronto, voces como taginaste o tajaraste dejaron de ser femeninos amazighes para convertirse en masculinos hispánicos, porque el esquema de género (ta- ... -t) quedó incrustado en el vocablo y perdió el valor diferencial del que estaba deprovisto en castellano. Igual que ocurrió con la marca de número, por ejemplo, en el par beleté (singular) y beleté-n (plural), sin ese sentido en español. O como aconteció con la expresión mago, que del ‘alma’ isleña tejida con la misma substancia del Sol, pasó en la nueva sociedad a identificar al ‘campesino’ y, por extensión peyorativa, al ‘bruto’.

Con todo, esos términos que acabamos de citar siguen más o menos vigentes y pertenecen a un conjunto –decreciente– destacado como signos plenos (gofio, perenquén, etc.). Otros, la gran mayoría de los topónimos, por ejemplo, cuya significación se ha olvidado, caen ya en la categoría de los fósiles. Un amplio surtido, no obstante, del que a menudo se extraen palabras y giros para los contextos más diversos, actuando como fetiches sin relación con un significado ancestral que ahora se desconoce (aunque en muchas ocasiones sea todavía rescatable).

Autor: Ignacio Reyes

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